Son la una de la mañana y han decidido cancelar mi vuelo a Chile. Las protestas tras el alza del transporte público en Santiago han levantado el malestar guardado por años, provocando la paralización de la capital chilena y poniendo en jaque al gobierno de Sebastián Piñera.

Mi teléfono no deja de vibrar cada vez que logro conectarme a una señal de wifi; amigos, familiares y grupos de información envían decenas de videos sobre multitudinarias manifestaciones en Santiago, de una población que gasta en promedio el 30% de su sueldo en transporte.

El descontento social del primer país donde se instaló el modelo neoliberal en el mundo, tiene 30 años de abastecerse de deudas, despojo e individualismo. Desde que en 1980 se instaló la nueva constitución, en plena dictadura cívico-militar, Chile, no ha dejado de ser un experimento capitalista; el ingreso de los bienes naturales al mercado, la privatización de la educación y la entrega de la administración de las pensiones a privados, ha dejado un pueblo sin derechos sociales mínimos.

El gobierno, al verse interpelado masivamente, no demoró en sacar a los militares a la calle. El presidente, o quizás más vale decir hoy, dictador Sebastián Piñera, declaró desde el viernes 18 de octubre, Estado de Emergencia, permitiendo a militares tomar el control a través del mando de Javier Iturriága del Campo, quien rápidamente decretó el toque de queda durante la noche, prohibiendo así, la libre circulación y dotación total del poder al ejército nacional.

Desde el aeropuerto del Alto en La Paz, Bolivia, esta situación, me hace recordar los años en que mi padre y mi madre vivieron restringidos y violentados por la fuerza militar de la dictadura de Augusto Pinochet. Pienso en las personas que debieron arrancar del país, exiliados, a cualquier lugar del mundo, lejos de su gente, de su vida, de su casa, de su amor. De mirar desde la distancia cómo en su territorio se seguía asesinando con el argumento del “enemigo interno” y la “invasión marxista”. Pensar en ellos me angustia, me hace querer volver de la manera que sea, subir a un bus, llegar a la frontera, caminar. Porque si tengo que decidir, yo quiero estar allá, ver a mi madre, abrazar a mis amigos, alzar la voz en la calle, organizarme en el barrio.

Chile, este largo país que hoy duele, fraccionado por el desierto, los valles, la lluvia y los hielo, vive una militarización, que bien conoce el pueblo mapuche, quienes a pesar de estar divididos entre el mar y la montaña, han sabido resistir a los más de 500 años de invasión colonial, y que con los gobiernos de los últimos 30 años han debido enfrentar todo el aparataje policial y hostigamiento carcelario. El ejemplo de su lucha me hace fuerte, pero me hace saber de todo lo que es capaz el Estado chileno.

Mi teléfono sigue sonando y la aerolínea ha decidido enviarme hasta Lima, Perú, prometen que desde allí podré tomar un vuelo directo a Santiago. Mientras tanto sigo leyendo, ya han comenzado las detenciones arbitrarias. QUE FRAGIL DEMOCRACIA TENEMOS. A pesar de que la gente no ha respetado el toque de queda y ha decidido mantenerse en las calles, la represión acosa en las periferias de gran Santiago y ahora se suman las regiones del país, allí donde la prensa no llega o no le interesa mirar.

Sin embargo, la circulación de videos e imágenes ha permitido dar a conocer en el mundo lo que está sucediendo, la violencia desmedida, los asesinatos y los montajes que han creado la policía y el ejército, al incendiar ellos mimos supermercados, estaciones de metro y la creación de barricadas.

Logro despegar de suelo boliviano, que justo este día vive sus elecciones presenciales, al parecer nuevamente gana Evo Morales, a quien podríamos levantar por sutrabajo en la creación de un Estado plurinacional, pero, el modelo extractivista sigue intacto, como en toda nuestra Abya Yala1. Lo que también ha provocado que en los últimos meses los pueblos del Ecuador, Perú y Brasil hayan manifestado su rechazo a un modelo que nos asesina.

Al llegar a Lima, las pantallas anuncian que hay dos vuelos a Chile cancelados, pero otros están activos. Las azafatas me miran con desdén, saben que no es fácil la situación en Chile y hay muchas personas queriendo regresar. El wifi del aeropuerto me da una hora de conexión, puedo mirar algo más de lo sucedido; Piñera sigue empecinado en la mantención del orden público y no cede con ninguna medida, la ciudad sigue protestando, pues hay un pueblo chileno, mestizado, lleno de historias de sometimiento, donde el 70 por ciento de la gente vive endeudada, para poder sobrevivir y mantenerse en un modelo de vida impuesto, lleno de consumo en transnacionales.

Este mismo pueblo, comienza a organizarse, a levantar asambleas barriales y darle una nueva forma a la política, sin instituciones manoseadas por el capital, el patriarcado y el narcotráfico.

El vuelo LA 601, tiene un asiento para mí. Eternas horas de viaje por fin comienza a finalizar. Entre los pasajeros se murmulla lo que está sucediendo. Pongo oreja y me duele saber que existen personas que aprueben la militarización de nuestros territorios. Ya van 40 muertos en las cifras no oficiales, mientras el gobierno dice 17. El allanamiento de hogares y la detención selectiva a dirigentes estudiantiles me rompe corazón.

El trabajo de la prensa oficial es horrible, sólo se han dedicado a mostrar los saqueos en supermecados, aprobando así, la presencia policial en las calles. Por otro lado, a los medios de comunicación independientes se les ha hecho difícil trabajar, sobre todo durante las noches donde es necesario contar con un salvoconducto (un papel entregado por Carabineros) para poder trabajar.

Finalmente logro aterrizar, mi hermano me espera, el Aeropuerto está lleno. De camino a casa se observan algunos enfrentamientos en las poblaciones, no sé cómo seguirá esta historia, pero confiando en los procesos de cambio que se han logrado en nuestra América estos días, tengo esperanzas en un nuevo amanecer solidario y digno.

 

Javi Cachorra

Santiago de Chile, 23 octubre, 2019.

 

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1 Desde los pueblos indígenas de América Latina se ha declarar renombrar a nuestro territorio como ABya Yala, nombre que utilizaron los Kuna para referirse a todo América previa a la invasión colonial.